En las primeras semanas de enero, Irán fue testigo de un apagón histórico cuando el régimen en el poder cerró Internet. Estas medidas se tomaron a raíz de las protestas que se extendieron rápidamente por todo el país, cogiendo por sorpresa al poder. Los apresurados esfuerzos del gobierno por frenar la ola de disidencia se hicieron claramente visibles con esta drástica medida. Sin embargo, a pesar de la ausencia de vías de comunicación digital, las protestas se negaron a amainar. Paradójicamente, el apagón destinado a suprimir la oposición se convirtió en un rasgo característico de esta desobediencia civil.
No obstante, el cierre de Internet tuvo un impacto notable. Supuso una importante ralentización de la difusión de información, tanto dentro del país como hacia el exterior. El efecto dominó de un vacío de información agravó el caos general y dificultó que el público -tanto nacional como internacional- comprendiera la realidad de la situación.
Escondida tras las fronteras fuertemente custodiadas, con las señales de telecomunicaciones interferidas, se desencadenó una catástrofe de derechos humanos. El paisaje distópico fue testigo de una ola de violencia sin precedentes, avalada por el Estado, que se abatió sobre los manifestantes. Estimaciones fiables sugieren una escalofriante número de muertos entre 3.000 y la asombrosa cifra de 30.000. Incluso si tenemos en cuenta la estimación más baja, a su vez una gran subestimación admitida por el Estado iraní, Irán está atravesando una de las rebeliones más sangrientas que jamás haya presenciado.
Al observar la situación de Irán, uno no puede evitar preguntarse hasta dónde pueden llegar los gobiernos para mantener el control sobre sus ciudadanos. ¿Llegarán al extremo de desenchufar a una nación de la vida digital, desconectándola de hecho entre sí y del resto del mundo? Este caso plantea varias cuestiones sobre el papel de Internet en las protestas modernas y las estrategias que los gobiernos pueden emplear para sofocar estos levantamientos.
Aunque la situación pueda parecer sombría, la historia nos ha demostrado que el espíritu humano es indomable. Los gobiernos pueden implementar apagones, imponer toques de queda y aplicar leyes estrictas, pero ¿pueden realmente silenciar a toda una nación? ¿Serán capaces de ahogar la voz colectiva de miles -o millones- de personas que claman por un cambio? Sin duda, sólo el tiempo podrá dar respuesta a estas preguntas. Pero una cosa es cierta: ninguna oscuridad puede apagar la chispa de la resistencia humana.
Referencia: El borde.