Al igual que los humanos, la IA está obligando a las instituciones a reconsiderar su propósito fundamental.

Quizá haya oído hablar de la migración cognitiva, un concepto según el cual las personas reevalúan, adaptan y evolucionan sus procesos de pensamiento en función de los cambios del entorno y las experiencias. Pues bien, actualmente vivimos en una época en la que no sólo las personas, sino también las instituciones, están experimentando algo parecido a la migración cognitiva. ¿Por qué? Por el auge y la influencia sin precedentes de la inteligencia artificial (IA). ¿Por qué? Profundicemos en ello.

La introducción de la IA en nuestras vidas fue lenta y sutil. Empezó con tareas logísticas menores, como establecer recordatorios o recomendar productos en línea. Hoy nos apoyamos en la IA en áreas que antes eran competencia exclusiva de la inteligencia humana: desde bots conversacionales que resuelven las consultas de los clientes hasta intrincados algoritmos que predicen las tendencias de los mercados financieros.

Así, al igual que los seres humanos han tenido que someterse a una migración cognitiva, ajustando sus procesos de pensamiento y la aceptación del papel de la IA en su vida cotidiana, las instituciones también se ven obligadas a reevaluar su propósito, estructura y funcionamiento originales.

Tomemos como ejemplo el sector bancario. La banca tradicional se componía de sucursales físicas, atención al cliente en persona, montones de papeleo y un laberinto de procesos burocráticos. En la actualidad, la banca digital, impulsada por la IA, ofrece una experiencia completamente diferente. Hay asistencia virtual para las consultas de atención al cliente, roboasesores para las estrategias de inversión y algoritmos para detectar transacciones fraudulentas en tiempo real. Todo ello sin necesidad de intervención humana. De ahí que los bancos estén reevaluando sus antiguas estrategias operativas y se estén pasando gradualmente a sistemas centrados en la IA.

Las escuelas y universidades también han sentido el impacto de la IA. Las instituciones educativas tradicionales, que se centraban principalmente en el aprendizaje presencial y los exámenes estandarizados, utilizan ahora herramientas de IA para disponer de recursos de aprendizaje actualizados, enseñanza personalizada y formas de evaluación más justas y exhaustivas.

No se trata de que la IA intente sustituir a estas instituciones, sino de que las obliga a redefinir sus fines y modos de funcionamiento. No es más que una herramienta, como cualquier otro invento tecnológico anterior, creada para facilitar la vida. Sin embargo, dada su complejidad y potencial, quizá sea la primera herramienta que está exigiendo un profundo replanteamiento organizativo.

Aunque adaptarse a estos cambios puede suponer un enorme reto, las instituciones deben recordar que el objetivo principal sigue siendo el mismo: atender las necesidades de las personas. Para ello, las instituciones podrían tener que remodelar sus estructuras, rediseñar sus servicios y replantearse sus estrategias no solo para sobrevivir, sino para seguir siendo pertinentes y eficaces en el auge de la era de la inteligencia artificial.

Esta migración cognitiva es inevitable y necesaria para las instituciones de todos los sectores. Las que se adapten no solo sobrevivirán a la revolución de la IA, sino que acabarán prosperando, mientras que las que se resistan al cambio podrían luchar por mantener su relevancia.

Pero el proceso de adaptación debe abordarse con cautela. Es innegable que la IA es una herramienta poderosa, pero debe utilizarse con responsabilidad. Las instituciones deben ser conscientes de las implicaciones éticas y sociales que conlleva la adopción de la IA, asegurándose de que no provoque el desplazamiento de puestos de trabajo, la violación de la privacidad o la explotación de datos.

Así que sí, la migración cognitiva institucional, al igual que su homóloga humana, es desafiante, desconcertante, pero también emocionante. Porque podría conducir a servicios mejorados, niveles de crecimiento sin precedentes y beneficios que ni siquiera podemos empezar a anticipar. Como todos los cambios significativos, conlleva una incertidumbre única, pero también una profunda promesa. ¿Y no es ésa la naturaleza de cualquier evolución verdadera?

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